Gär ké fareyo
kómo bibreyo:
est al-habib espero;
por él morreyo.
Dime qué haré,
cómo viviré,
a mi amigo espero;
por él moriré.
As-säbah bono
gär-me d’on benes:
Yá lo sé k’otri amas
e mib non qeres.
Aurora bella
de dónde vienes:
Ya sé que a otra
amas
y no me quieres.
Ambas
seguidillas existían en los villancicos antiguos con su métrica 5-5-7-5; y lo
que no añadió don Emilio, es que aún existe en la copla andaluza y parecida a
algunas poesías de Cervantes. ¿Quién no conoce estas letras?:
No será preso,
no será preso
mientras mi jaca torda
tenga pescuezo.
Va la partía,
va la partía
y el capitán se llama
José María
Entre
las notas de Florencio Sevilla Arroyo, en la “Canción de Crisóstomo” que es la
“Canción desesperada” del mismo, se señala con muy acertado ingenio cómo en los
últimos versos de estas estrofas se repiten unos esquemas métricos de 7-5, que
ocasiona un evidente ritmo de seguidillas que de esta forma lo mantiene. Es así:
De mi amargo pecho
forzoso desvarío
por el gusto mío.
----
Pues la pena cruel
que en mi se halla
para contarla.
---
Y el portero
infernal
de los tres rostros
y mil monstruos.
Esta
estructura interior por supuesto, es la que permite el cante y el lamento
profundo, solemne, del asunto sentimental y grave.
Nadie
puede dudar del gran talento de Cervantes, de su capacidad creativa, de la
extraordinaria capacidad de su prosa, de sus bien trazados prólogos; pero su
poesía era como dicen estos versos tan conocidos:
Yo que siempre
trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.
Sin
embargo, nadie negará que posee una cadencia especial, como su prosa que corre
libre y con facilidad; mientras su versificación precisa apoyo, sustentación,
esa misma que disfruta la vieja seguidilla, corta y ligera a la vez.
Yo
pienso que el fino escritor Andrés Trapiello tiene
mucha razón, cuando en su libro “Las vidas de Manuel de Cervantes” afirma con
decisión “que el Quijote es el gran poema de la literatura española, “pero
poema popular repleto de dichos y refranes, como el propio Cervantes escribe al
encontrarse con el otro caballero andante, el caballero del Bosque, asegurando
que don Quijote “cuando se encontraba más elegante y memorioso era al traer refranes”.
Y es que era un auténtico amante de la sabiduría popular, que siempre viene de
fuera y es preciso buscarla. Se me ocurrió decirlo así:
Sabiduría,
que vienes de fuera,
en mí te crías
y en mi prosperas
porque te hago mía.
Tuvo
tiempo en Argel, en su penoso cautiverio después del desastre de Lepanto, para
enriquecerse espiritual- mente, ahondando en las tradiciones populares con la
humildad que le proporcionaba su brazo
izquierdo, seco y paralizado. Y es que
como tantas veces se ha repetido “el conocimiento de uno mismo es el principio
de la sabiduría”. Otro sufridor fue su amigo y admirado dramaturgo sevillano,
Lope de Rueda, también entusiasta de los pucheros y oraciones de la madre
Teresa de Jesús, la santa de los poetas inspirados y sencillos.
Cuando
preparaban la tercera salida en busca de aventuras, Sancho le sugiere a don
Quijote que le abone un sueldo de forma regular, quizás mensual, por su entera
dedicación, porque no le convence aventurarse en algo que incluye además de
peligrosidad, una total dependencia; lo
que no convence a su señor que no siente vocación patronal, vislumbrando
inconvenientes que en épocas muy posteriores serán realidades laborales. Pero,
como casi todo tiene arreglo, pronto se solucionó el problema y casi
inmediatamente ambos toman decididos y contentos el camino del Toboso, a donde
llegan anochecido, topándose con la iglesia y su plaza, esa pequeña explanada
con sus bancos, de la que yo hice dos coplillas tan ingenuas como sencillas:
Una plaza sin bancos
para los viejos
es iglesia sin santos
o novio/a lejos.
Era un pueblo sin
plaza
y era tan triste
que dejaron sus casas
y ya no existe.
No
obstante, además de sus refranes, que han perdurado y siempre están de
actualidad, son admirables las consideraciones que nos depara el ya “Caballero
del león” en la casa de don Diego, padre de Lorenzo, sobre la manifiesta falta
de humildad del poeta que siempre piensa de sí “que es el mejor poeta del
mundo”, al que igualmente consuela si no obtiene el primer premio en los
concursos literarios, considerando más justo el segundo, sin olvidar la
importancia del tercero. Y es impresionante el elogio como las virtudes que
deben acompañar al caballero andante que, entre otras están su preparación
médica y “principalmente de consumado herbolario”, algo parecido a lo que aún
es ese dignísimo médico rural de nuestra época, que precisa tan buena
preparación como meritoria disposición.
Buen
merecedor fue don Quijote, del enaltecimiento del mismo Cervantes ante su
actitud en las bodas de Camacho; admitiendo, como en las guerras, la legitimidad y estratagemas para vencer al
enemigo actuando a favor del débil, de Basilio, con tal valor y entereza que el
siguiente capítulo clama, según los presentes, todos los invitados, el pueblo
entero que “fue un Cid en las armas y un Cicerón en la elocuencia”.
Tan
meritoria es la fantástica y distraída aventura de la cueva de Montesinos, tan
desbordante de figuración y utopía, que el mismo Cervantes parece disculparse
obligando a retractarse al mismo protagonista; y Cide
Hameto pone en boca de su primo, que lo acompaña, al
menos la gratitud por la descripción del nacimiento del Guadiana
como por la formación de las siete lagunas de Ruidera, gracias
al encantamiento del
tan mencionado Merlín sobre las
siete hijas de la dueña Ruidera.
Es
curiosa la seguidilla que iba cantando el soldado que encontraron en el camino
de una venta, en la que se quejaba de tener que servir al rey por carecer de
bienes, a lo que responde don Quijote con una magnífica disertación sobre el
deber y la honra que sólo pueden disfrutar los jóvenes. La popular copla es ésta:
A la copla me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros;
no fuera, en verdad.
En
mi época de médico rural, a lo que se accedía mediante unas oposiciones
nacionales y una verdadera vocación médica, conocí a un digno funcionario local
que sólo tenía el defecto de alegrarse demasiado cuando fuera de su trabajo y
entre amigos, después de unas copas de vino, casi en familia, como decía don
Quijote “empinaba la bota”; le daba por imitar el sonoro y escandaloso rebuzno
del asno, con tanta perfección que de algún corral o cuadra le respondía alguno
de la localidad, con lo que todos sus compañeros se regocijaban felicitándolo.
Quizás por esto nunca he leído referencia a nada que me causara tanta gracia
como El Quijote; y, como facultativo, recomiendo su lectura a quien padezca
tristeza y depresión. Yo pienso que jamás existió quien, como Cervantes,
llegara al pueblo con tanta facilidad; y su pluma escribiera escenas tan llenas
de gracia y comicidad, que te hacen reír cada vez que las repasas o recuerdas.
Y,
tal como continúa la historia, “después de haber salido de la venta don Quijote
determinó de ver primero las riberas del Ebro”. Subiendo
a una loma, vio cómo se acercaba un escuadrón de unos doscientos hombres con
abundantes banderas, entre las cuales descubrió una blanca en la que estaba
pintado “a lo vivo” un asno con unos versos:
No rebuznaron en
balde
el uno y el otro alcalde.
Se
comentó que los dos regidores que rebuznaron en el pueblo del rebuzno “viniesen
con el tiempo a ser los alcaldes”.
Casi
comienza a terminar la gran historia del Caballero de los leones, cuando “al
ponerse el sol y salir de una selva”, apareció un verde prado en el que estaban
cazadores de altanería (aves de presa) y una gallarda señora “que en la mano
izquierda traía un azor”. Don Quijote mandó a Sancho a saludarla “mirándose en
el hablar y en no encajar algún refrán de los suyos en su delicada embajada”.
Hecha la oportuna presentación, comienzan los graciosos acontecimientos de
nuestros personajes, en especial con Sancho, que merece el comentario de su
señor “que no tuvo caballero andante del mundo escudero más hablador ni más
gracioso del que yo tengo”, cuando
comprueba que son acogidos en el castillo, en el que asombra Sancho a la
concurrencia recitando “unos versos de Lanzarote cuando de Bretaña vino”, oídos
a su señor y referentes al cuidado de su rocín, encargado a una de las dueñas
de la aristocrática dama:
Que damas cuidan dél
y dueñas de su rocino.
Fue
durante la comida cuando verdaderamente se lució el escudero con sus dichos y
cuentos; y, en especial, cuando se refirió a la huida de Dulcinea ante las
inesperadas atenciones de don Quijote al verla venir encantada entre las dos
mozas del pueblo, saltando de su cabalgadura con tanta agilidad que así lo
narraba: “En ligereza y en el brincar no le dará ventaja a un volteador … saltando sobre la borrica como si fuera un
gato”. Pero fue don Quijote quien le
contestó tan adecuadamente al eclesiástico indignado con la creencia en los
encantamientos y la vida azarosa de ambos personajes, arremetiendo contra su
parecer en una magnífica exposición sobre el bien y el mal y los grandes
beneficios de quienes se entregan en cuerpo y alma en la ayuda del menesteroso,
del oprimido, del olvidado, de la viuda, del huérfano y de todos los que
precisan protección. Es impresionante como se carcajea el extraordinario
escritor de quien, sin seso, está por encima de la serena compostura humana,
fría y reservada.
Es
digno de reseñar el cortejo de tres personajes vestidos de negro y una casi
gigantesca figura de igual forma, ésta con la cara tapada con un oscuro velo y
una gran falda cubriendo un ancho tahalí y desmesurado alfanje; que, al
recibirlo el burlón duque, se alzó el antifaz del rostro, mostrando una
horrorosa cara. Presentándose como el escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre doña Dolida, que llegaba desde el
lejano reino de Candaya en busca del sin par don
Quijote.
(En la versión unglesa hay un retrato
de Dulcinea; uno del Quijote y otro con
el Quijote y Sancho)
El
duque permitió la entrada y aparecieron doce doncellas con la condesa Trifaldi, la de las tres faldas, detrás con su escudero Trifaldín
de
Es
curiosa la aventura del viaje sobre el caballo Clavileño,
tan de madera como el del Paladión de Troya, mencionado por Virgilio, que
presentaron a la diosa Palas. Y no es menos interesante la mención de Cervantes
sobre la musicalidad, el ritmo y la popularidad de las seguidillas, como el
conocido refrán de “bien está san Pedro en Roma si no le quitan la corona”, con
un sentido claro y perspicaz del arbitrario desposeimiento.
Realmente
el Quijote es una ingeniosa manera de exponer toda la sabiduría popular, la de
los proverbios y los refranes, la de las viejas coplas y dichos, de una forma
agradable y risueña, quitando severidad y acritud. Para esto es menester
mitigar la dura realidad para que no sea odiosa y miserable, porque la
comunicación proviene de lo más profundo de nuestra conciencia, en donde se
encuentra el dolor y la ironía de su superación. Es la postura y la disposición
de quien, como el desdichado Cervantes, ha sufrido hasta el límite de la desesperación,
necesitando padecer ese vaivén vital de la superación y el deseo de
transmitir. El mismo lo afirma con sus
versos:
Yo he dado en Don
Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno,
en cualquier sazón, en todo tiempo.
Y
dicho esto, termina mi atrevida exposición que no permite más espacio.
Antonio-S. Urbaneja