Poeta de hoy en Santa Cruz de
Tenerife, Islas Canarias, España
Dimas Coello


Otros poemas de Dimas Coello:
La Sabina
El día de Reyes
(cuento)
En
aquella mañana del 6 de enero, don Leoncio y su mujer ya estaban en el pueblo
con los juguetes que Melchor, Gaspar y Baltasar les habían dejado en su casa de
Santa Cruz para los niños del barrio. Todo el mundo lo sabía, sobre todo la
chiquillería. Era una fiesta muy especial. En la nueva casa no se oían más que
risas, carreras y gritos. Un patio lleno de niños, con no pocos mayores
golifiando por todos sitios.
Allí fui
yo también a mirar como un singuango. De lejos, claro. Fuera de la cancela. ¡Y
con envidia! Me daba rabia ver tantos juguetes y no poderlos tocar…
Don
Leoncio, desde su sillón, se fijó en mí. No iba muy aseado que digamos, pero me
llamó. “Hola, chico”, me dijo. “¿Te han dejado mucho los Reyes?” Aquello me
molestó, parecía una guachafita. Por eso, le contesté de malhumor: “¡Bah, esos
cacharros! Son bobadas. Los Reyes son los padres…” Entonces fue cuando don
Leoncio me dijo: “¿Tus padres te habrán dejado muchos juguetes?” Me quedé
callado, yo diría que tupido y mustio como una penca seca. Con la cabeza gacha
le confesé: “No, en mi casa nunca me han dejado nada.” Él comprendió las dudas
del niño y fue cuando me recordó que para que los Reyes de Oriente dejaran los
regalos, tenía que haberme
portado bien todo el año y
entonces comprendí, compungido, que había sido malo, un trafullero, porque
cuando la maestra abría la escuela, yo me iba a jugar al barranco para tirarle
piedras al tejado con la tiradera.
Don
Leoncio, sorteando a la chiquillería que llenaba el jardín y la casa, me cogió
de la mano y me llevó a los corrales, donde el ruido era menor. Cogió la bota
rota que yo había encontrado en el sorribo y la puso junto al dornajo de la
vaca y cerca de un montón de pinocha. Me dijo en confidencia: “Vamos a dejar
aquí el zapato, para que los Reyes Magos, como ya están cansados, ahora cuando
regresen, si les queda algo en las alforjas de los camellos, te lo puedan
dejar. Es difícil, ya que no es seguro”. Pero don Leoncio lo aberruntaba. Yo,
con aquella esperanza, me fui rápido al montón de cisco y empecé a hacer una
cama, nervioso y casi llorando, para que sus Majestades pudieran descansar un
poco y a la vez se fijaran en aquella bota rota llena de agujeros, que ahora
era de mi propiedad, porque yo iba descalzo.
Me pidió,
don Leoncio, que marchara a casa y volviera más tarde, con la cara lavada. Así
lo hice. Cuando volví, me animó a que fuera a los corrales y mi alegría fue
enorme cuando comprobé que había una regadera y un montón de caramelos. Me los
echaba en la boca con papel y todo… y corrí al ver a don Leoncio sentado en los
escalones del jardín. “¡Se acordaron de mí, señor!” Y requintado, me abracé al
cuello, dejando las huellas de mis dedos mal lavados en la camisa blanca de don
Leoncio. Embullado, corrí como loco a casa para decirle a mis padres la gran
noticia:
- ¡Ve
usted, padre, lo que me dejaron en casa de don Leoncio…!
- Bonita
cosa te regaló… una regadera de niña… ¡Menudo macharengo!
- No,
padre, no me regañe usted así. No sea tecloso, que don Leoncio no tiene nada que pechar en todo esto. Fueron los Reyes Magos y
usted siempre emperrado, por aquello
de remoler, que son los padres. ¡Pos
vusté a mí nunca me ha dejado nada! Y si usted dice que son los padres ño, ya
ve cómo no es así y la verdad bendita
es que Melchor,
Gaspar y Baltasar,
se sentaron en la pinocha ya después de tanto fatigón y me
dejaron todo esto. Caray que por haberme portado mal, está más que bien. Usted
lo único que sabe es darme el saco pa’ que lo traiga encolmado de yerba pa’ la
cabra… ¡Madre! ¡No sabe lo contento que estoy! Ya podré enseñárselo a mis
amigos y hacer la sementera de verdad y podré con el regador echarle agua todos
los días…
Y vi cómo
mi madre se había puesto de rodillas y me abrazaba. Mosqueado estaba de verla
llorar. “Hijo, el año que viene, con seguranza, los Reyes Magos vendrán a casa,
aunque no coma en una semana. Te lo prometo y ¡bendito sea el nombre de don
Leoncio!”. Y así fue como todos los años, Melchor, Gaspar y Baltasar entraban
por la gatera, para dejar los juguetes junto a los chenicos de la cocina.

Dibujo
realizado por el autor del relato: Dimas Coello